BARNIZ MARINO
adriana sasali, daniel basso, juan souto, sebastian outes, julieta basso, yamandu rodriguez
Centro Cultural Borges, Galerias Pacifico, Sala Ojo al Pais

Barniz marino Un horizonte entre la ortopedia y el ojo

Nuestro cuerpo siempre fue dependiente de imágenes para ser. Hace un tiempo, también de máquinas que arrojan una combinatoria de cyber programas y carne, y que tomamos por cuerpo, en la cual quizás el alma se reparta parejamente. No habiendo cómo salirse del procesamiento maquínico de nuestras propias imágenes ni cómo dejar de depender de los procesadores, algo que nos entretiene pero también angustia, entramos en crisis de mediaciones, debatiéndonos entre lo demasiado mediado o lo para nada mediado. La presencia, esa sencilla cosa que se siente, tiene requerimientos. Hay que hacer la presencia. Además extrañamos algo que nos daba una idea clara y distinta de las cosas: su borde. Sus límites, fronteras. Sin contornos, hasta el horizonte se ha vuelto borroso. Faltos de fronteras, mojones, orillos o puntos de referencia, poca idea podemos hacernos de las identidades. En este centelleo de prójimos y otros posibles, un colectivo de artistas marplatenses se identifica con el nombre “Barniz marino”. El más resistente, el que se le pasa a los maderos de las embarcaciones. Todos ellos hacen fotografía, antes, después o durante la obra. Como registro de una acción artística o en tanto parte del proceso creativo, ya fuera imagen de la diapositiva proyectada, la del espectro del sonido, la del video, fotograma y así siguiendo en unas cuantas operaciones más, propias de cazadores de unas imágenes muy elusivas, resbalosas como serpientes y quizás igual de peligrosas. Tomar foco prestado, esa ortopedia que renuncia a la binocularidad estereoscópica y prefiere enfocar con un solo ojo. Mientras el ojo transgresor de Bataille miraba su blanco en el fino justo borde de la transgresión, este arte se debate en la niebla de unos bordes estallados, que borbotean. Todo cambia, se traslada, se sustituye, nada dura y ya casi no hay lugares. ¿Adónde ir? Pero para plantearse ir, primero tendríamos que saber de dónde partimos: el nombre de una ciudad atlántica no alcanza a decir. Estamos en la Sala Ojo al País del Borges, chapoteando sobre un mar trasladado hasta aquí en bidones desde el mar mismo (un gesto que se parece tanto al de los niños que llevan la playa dentro de un caracolito). Y del mar se ve la perspectiva aplanada de su brillo en confín con el cielo, allá al fondo, tomado desde unos vanos en ruinas, oscuros, que hacen de ventanas. Hay, además, un horizonte dibujado con espectros de aullidos de gatito y sus fantasmas, imagen que es sombra del sonido y de ese modo, su propia opacidad. Copias inmóviles (como si el instante pudiera permanecer) de chicas aprisionadas en el momento en que se quitan el hábito, se deshabitúan o desvisten de su cotidiano, en la imposible exposición de su interioridad del lado de afuera. Mientras, de pie en un costado, un carro o una reposera rebosan de imágenes-basura jaqueando cualquier semejanza con lo familiar porque ahí creemos reconocer rostros en diapositivas, que parecen retratos y que son fragmentos de crónicas impresas, trozos de periódico, viñetas de antiguas propagandas. Unos posters citan el culto a los fierros con excrecencias lúdico-cancerosas que se complacen en tapizar carrocerías sobrevivientes de otras décadas -cuando estaban hechas para durar-. Homenaje a lo pasée, rescate de muertos que gozan de salud, décadas sobreimpresas. La operación de extremar la cultura del tuning ya extremo dorándolo y agregando capitones hasta volver ridículo el objeto, a la vez vuelve trágico el acto de vestir el auto de gala, de mueble, de colchón, ironizando hasta el malabarismo la empresa de enmascarar. Y miramos con nuestros propios ojos lo que nos muestra un cíclope. Las obras, no. Las obras siempre nos miran con su rostro en transfiguración constante. Por eso necesitan barniz, para tener algún acabado. Es obra en tránsito, en un traslado siempre fallido que no sabemos dónde lleva porque es movedizo el punto de partida, la orilla, la ribera. Una propuesta de pararse sobre un ojo de agua a mirar chicas, tuneo, mar, dirty things, mascotas y ruinas desde las cuales se ve el mar, justo donde estamos parados.

Araceli Cora García