DIGITAL GIG

peel resistant (sobre la obra de yamandu Rodríguez)
Por Araceli Cora García


El dispositivo está en marcha: n webcams registran x habitaciones sobre el planeta haciendo disponibles en la red virtual innumerables imágenes de prójimos desnudos. Jaque al secuestro de las señas de distinción de la sexualidad para el ámbito privado, lo obsceno entra en escena, los cuerpos se revelan y rebelan fragmentarios o totales, inundando internet de empíricos y explícitos atributos femeninos y masculinos, cuerpos solos, en parejas, en grupos, en todas las combinatorias posibles del erotismo humano en oferta ilimitada al consumo visual: es el mundial sex shop free, available y a domicilio. El artista capta ahí algo que circula, y simula el procedimiento. Copia. La vieja mimesis corrida más acá, del lado instrumental. Renuncia a sus aliados técnicos, sus acostumbradas mediaciones analógicas: foco manual, tiempo de exposición, revelado, ampliadora, papel sensible. ¿Qué se atasca en el juego del ojo digital? ¿quién mira entre dos espejos enfrentados? Mientras la corporeidad humana se disipa sin remedio, los signos de inconfundible identidad hacen presencia. Y entre tatoos, piercings, medias corridas y bombachitas con diversos printings, la piel humana reluce expuesta. En su hacer, el artista elige qué de qué; obra donde van prendidos su sesgos: coleccionismo de experiencias, manías seriales, ratones de pibe. Elige las chicas, les hace su propuesta, y ellas aceptan. La producción se inscribe en el contexto de época, pero con singularidades. Acá se muestran unos cuerpos femeninos que discurren hacia la evidencia y la inermidad de su desnudo, salvo su rostro. Una delgada línea no se cruza, donde el obstinado descaro muestra su infranqueable; desvergüenza porfiada, desfachatez que pone por delante su par de tetas o su culito, y descaro, sin-su-cara, rostro en sombra que se glorifica en el violento corte que lo segrega.

 

shock resistant (sobre la obra de adriana sasali)
¿Cuántas operaciones pueden registrarse de un hacer con destornillador sobre el sacrificado cuerpo de un reloj digital? Tantas como el obseso gesto de la mano humana que lo manipule logre imprimirle. Entonces, mil y un dibujos arrancados a su pequeña pantallita pueden hacer video adentro del video, caja italiana abierta donde se libra un drama líquido y desgarrador, sin ocultar la humana factura de su dramaturgia. El mismo acto es ocasión donde experimentar la imposibilidad real de la transgresión. Nada sabremos al final como al principio, ni siquiera cuando la desesperación lleve a darlo vuelta, sacar los tornillos y abrir la tapita del fondo, revelando la tripa lumínica del artefacto. Nada más que las heridas infligidas por la punta de un metal sobre otro ligeramente más blando. ¿Será violencia hacerle pintar a su visor una pluma negra? ¿Qué entender sino una sesión de tortura aplicada con curiosidad científica, o lúdica, infantil? Muerta la imagen de su hora, pudiéramos pensar su desguace como autopsia, pero los circuitos atestiguan vida.

Araceli García, para la muestra de Alejandro Yamandú Rodríguez y Adriana Sasali en la Alliançe de Mar del Plata, octubre de 2004